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Cuando la vida no avisa: una despedida nos obliga a despertar

ene 13, 2026
Por momentos, la vida parece darnos treguas. Nos hace creer que hay tiempo de sobra, que mañana será una extensión segura del hoy, que las palabras pueden esperar y que los abrazos se pueden postergar. Pero no es así. La muerte de Yeison Jiménez, a los 34 años, irrumpe como un golpe seco contra esa falsa sensación de control. No solo se va un artista joven, talentoso y con una carrera en ascenso; se va un ser humano que aún tenía sueños por cumplir, historias por contar y vida por delante. Y duele. Duele porque nos recuerda algo que preferimos no mirar de frente: la vida no avisa. Como periodista, he narrado despedidas, tragedias y finales abruptos. Pero hay noticias que trascienden el titular y se convierten en espejo. Esta es una de ellas. Porque cuando alguien parte tan pronto, no solo se enciende el luto colectivo; se activa una pregunta íntima y necesaria: ¿estamos viviendo de verdad o solo sobreviviendo? La ausencia de Yeison Jiménez nos enfrenta a una verdad incómoda: nada está garantizado. Ni el tiempo, ni los planes, ni los “después”. El reloj no concede prórrogas y la vida no espera a que estemos listos. Por eso, este no es solo un adiós; es una invitación urgente a vivir sin reservas. A decir “te quiero” antes de que sea tarde, a pedir perdón sin orgullo, a amar con intención y a abrazar como si fuera la última vez. Queda su música, su voz y las huellas que dejó en quienes lo escucharon y lo amaron. Pero queda, sobre todo, una enseñanza silenciosa y profunda: el presente es lo único real. No los años que acumulamos, sino los momentos que vivimos con el alma. Hoy, su partida nos sacude para recordarnos que el único día que realmente nos pertenece es hoy. Y que vivir plenamente no es un lujo, es una urgencia.
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